sábado, 11 de julio de 2009

Debate post electoral: Jorge Sanmartino

Derrota del oficialismo en las elecciones legislativas. El modelo y los modales

Jorge Sanmartino

10/7/2009

La restauración del reinado del FMI, el retraso salarial, los despidos, serán arduas faenas que ni la oposición ni un futuro gobierno de derechas lograrán fácilmente

Para algunos analistas la gente no votó contra el modelo, sino contra los modales. Sobre esa base, algunos dirigentes del PJ reclaman que se “democratice” el poder con los gobernadores que ganaron. La oposición de derecha afirma que los modales son parte del modelo, aunque ella misma se esconda detrás de las formas para no revelar su contenido. Existe confusión sobre las causas de la derrota.

El ciclo kirchnerista entró en su ocaso desde la crisis de las retenciones y las elecciones del 28 de junio afirmaron y aceleraron la tendencia. Los ganadores que pasaron de pantalla, entre ellas Reuteman, Macri y Cobos, y juegan la del 2011, son todas variantes de derecha. Pero también existió un voto a su izquierda, representado por el de Pino Solanas en Capital, Sabattella en Provincia de Buenos Aires, y la izquierda en tercer lugar. Los próximos dos años serán escenarios de fuertes disputas de poder, de reacomodamientos y de fuertes desafíos para los movimientos populares, en sintonía con la polarización política y la crisis económica que presenciamos en América Latina.

La burguesía nacional y sus mentores

El desgajamiento y la pérdida de poder del elenco de gobierno, comenzó con la crisis del campo. Una derecha dividida, desorientada y debilitada encontró en la burguesía agraria, moderna, dinámica, y fundamental para el tipo de acumulación capitalista vigente, al aportar el grueso de las divisas que ingresan al país, a los voceros más conspicuos para taladrar la muralla que en aquella época, que parece una eternidad, se mostraba inquebrantable. Lo hizo incluso con los métodos de las clases subalternas: con piquetes, manifestaciones masivas, cacerolazos. Ya había dicho hace tiempo el investigador marxista Nicos Poulantzas que las clases sociales no se forman mirándose a sí mismas en el espejo sino en la confrontación, relación y comunicación con las clases enemigas. La burguesía agraria, acompañada por la pequeña burguesía rural, logró desarticular el poder oficial no sólo por los errores del Poder Ejecutivo, no sólo por el papel espectacular, extraordinario de los medios de comunicación (que de ninguna manera se debería subestimar), sino porque constituyen un pilar sobresaliente del tipo de economía exportadora que la Argentina reproduce, al igual que los otros países de la región, como parte de la división internacional del trabajo, en la que participa como exportadora de agroalimentos de bajo valor agregado para mercados como los asiáticos que, a su vez, participan en este mundo globalizado como proveedores industriales de bienes de consumo masivo.

De la soja viven provincias enteras y para el 2010 se prevé que la siempre total del yuyo verde ascienda al 70% de toda la agricultura nacional. Este esquema hace de la Argentina una país económicamente frágil y dependiente y sólo una radical modificación del esquema de poder, de la estrategia política industrial y de servicios, y de una poderosa base social que la sostenga, podría modificar de raíz esta tendencia que el “automatismo económico” del mercado impone por su propia lógica y penetra en los poros más profundos de la sociedad, hasta calar hondo incluso en los valores y el espíritu de una época. La burguesía agraria, si descontamos a ciertos sectores de la banca, y un grupo muy reducido de industrias, como las automotrices, Techint y pocas más, constituyen el factor más dinámico de la burguesía nacional, aquella que el peronismo en el poder se empecinó en levantar de sus cenizas para que eche a andar. La UIA, al denunciar en época de crisis la “chavización” del gobierno, demostró que no aspira ser el “estandarte de la patria” ni el sujeto social de la salvación nacional, como pretendían Néstor y Cristina, sino una capa semi parasitaria que vivió al calor de los subsidios y que exige defender sus posiciones aún a costa de su propio programa.

Porque al exigir hoy una fuerte devaluación del peso (en definitiva ahí radica el núcleo de la disputa y el affaire Chávez), se consideran naturales aliadas de la burguesía agraria para enfrentar juntas las demandas salariales y la caída de las ganancias. Pero los industriales lo hacen a costa de su propio pellejo, pues una fuerte devaluación encarece los precios de los alimentos y disminuye el consumo popular, la esencia de la producción nacional según los mejores manuales peronistas. Pero todo eso es teoría. Es que la Argentina de hoy no es la de los años 70, ni siquiera de los 80. Ahora domina claramente el capital concentrado, orientado a la exportación de la producción y a la explotación de los recursos naturales, como la siderurgia y los alimentos o el petróleo, mientras la producción de bienes de capital sigue siendo marginal.

Fue el poder real, económico, cultural y social que esta burguesía posee la que, junto con las tradiciones políticas de amplios sectores de las clases medias urbanas, le dio un eco decisivo al “reclamo del campo” y la que cimentó el triunfo electoral de todas las variantes que se opusieron a la resolución 125. La burguesía nacional no está muerta, sólo que no es nacional y popular como se la imaginan algunos trasnochados de la morada oficial. El gobierno cayó preso de sus propias contradicciones. Lejos de apostar a medidas radicales para afianzar social, económica y políticamente a su base social popular, apostó por lo que creía eran sus aliados naturales: la burguesía nacional concentrada (agraria e industrial) y el aparato del PJ. Apostó y perdió. Por eso se simplifica demasiado cuando se habla de “lo que se hizo” y “lo que falta”, pues lo que falta no es el producto de una carencia, sino de un exceso, es decir del carácter de clase de toda una política y unos objetivos de colaboración de clases que hoy, mejor dicho, ya en el conflicto con el campo, comienza su eclipse.

El matrimonio presidencial no se parece a Chávez ni a Evo Morales, no posee las cualidades de la “izquierda carnívora”, ni se propuso democratizar la democracia convocando a una asamblea constituyente, a pesar que la derecha aviva el fantasma “populista”. Fue útil a la clase capitalista cuando cumplió el papel de bombero de la crisis social desatada en el 2001, pero inútil como vehículo de sus propios intereses. Se puede objetar que entre el gobierno y la oposición no había discusión de fondo, porque, en última instancia, el kirchnerismo jamás propuso cambios de fondo. Pero en política los matices cuentan, y mucho. No se trata de embellecer o disfrazar a nadie. La feroz disputa que se propusieron las cámaras patronales contra el “neodesarrollismo” oficial, quizá no constituya una “guerra de modelos” (habría primero que ponerse de acuerdo en lo que significa esta palabra tan poco “científica” en las ciencias sociales), pero, cómo llamarlo, si responde a “matices” que a los actores del drama parecían importarles mucho. A confesión de partes revelo de pruebas. Pero, si la burguesía ganó tanta plata durante estos 6 años, ¿por qué motivo “serrucha” el poder del gobierno?, ¿por qué mata a la “gallina de los huevos de oro”? En mi opinión, porque a pesar de todo, no lo sienten como su gobierno. Nunca pudieron entrar a la Casa Rosada desfilando por aquellas alfombras rojas como lo hicieron en épocas doradas. Nunca dejaron de sufrir los arbitrajes del ministerio de Trabajo, que antes era una oficina patronal y ahora había que fatigarla.

En definitiva, tuvieron que negociar con una fuerza sindical a la que se habían desacostumbrado y que creían más muerta que el tiranosaurio rex. Después de más de 15 años de puro capitalismo, después de haberle torcido el brazo a un desahuciado y mendicante Alfonsín, después de haber entregado su alma al diablo y volverse diablo al fin, los capitalistas nativos no soportaron siquiera tibias regulaciones estatales ni suaves distribuciones de renta. Los portavoces del “modelo neodesarrollista” creían en un angelical equilibrio entre las ganancias, las rentas y los ingresos. Qué tiernos. Defendieron, bajo métodos capitalistas, el mandato popular de seguir creando empleos y recuperar, aunque lentamente, el salario, algo que desde comienzos del 2008 se le hizo muy difícil. Algunas de las medidas tomadas fueron un reconocimiento a la exigencia social que encabezaron los piqueteros desde las luchas contra el menemismo. Y las retenciones móviles fueron una de ellas, por los motivos que hayan sido. Por eso fue correcto defender la resolución 125 a pesar de todas las críticas que podía y debía hacerse al elenco presidencial (y por eso fue ¡ay!, tan equivocada la postura de Pino Solanas y Claudio Lozano al votar contra la 125, hecho que quizá, ojalá, hayan meditado y rectificado, aunque no lo digan en público): el más evidente, haber fomentado, él mismo, el modelo de acumulación sojero-petrolero.

Hoy, aquí, se hizo evidente que entre el neodesarrollismo light y pejotizado de la pareja presidencial y la pulsión al beneficio puro y sin mediaciones regulativas de la clase capitalista, había tanta distancia como la que se evidenció en el terremoto político que la Argentina vive desde el voto “no positivo” del teniente general don Cleto Cobos y que dividió, como en la época de Perón, a las mejores familias. No se trató, estoy convencido, de que Néstor Kirchner se haya enredado con el cable del teléfono, ni de que haya “chocado la calesita”. Para una clase capitalista exaltada y acostumbrada a los triunfos, eran más que matices. No discutamos más si fue el modelo o los modales. Los Kirchner creyeron resolver el tema como se hace en la estancia. Se equivocaron, porque quisieron ser capataces cuando debían ser, para el establishment, simples peones. No pudieron ser lo primero y no quisieron ser lo segundo. Y se fueron hundiendo, sin pena ni gloria, llevando con ellos los consejos demodé de un folletito doctrinario que no se consigue ni en las viejas bibliotecas: “La comunidad organizada”.

El consenso y la democracia que pregona la derecha

Un componente cultural indiscutible anida en el rencor de buena parte del establishment y la cúpula del poder social, hasta el lapsus de considerar al elenco dirigente como un reciclado de montoneros trasnochados a los que había, sí o sí, que derrotar. ¿La idea del consenso no comenzará a hacerse presente de nuevo en el pedido de amnistía, para “no avivar los odios del pasado”? El intelectual orgánico de la carpa menemista, pero también de una legión de hombres de la caverna, el Clown Jorge Asís, o el filósofo del golpe militar Mariano Grondona, no pierden un segundo. La simbología derechista es producida en cantidades industriales en la prensa y la web y distribuida y consumida diariamente. Que las clases dominantes no se resignan a perder ni una parcela de su poder, aun incluso bajo los gobiernos más moderados de la región, lo demuestra la sorda lucha de la inmensa mayoría de las corporaciones empresario-mediáticas en todos los países de la región.

En Honduras fue depuesto Zelaya, un liberal que se deslizó peligrosamente hacia el ALBA y comenzó a mirar con cariño a Chávez y sus contratos petroleros, que afectó negocios de empresas como la Shell y ESSO. Fue un golpe apoyado por las corporaciones, la Iglesia, las élites económicas y culturales y la totalidad de los grandes medios de comunicación. Al coro de golpistas se le ha unido la CNN con fervor inusitado. Pero otro tanto ocurre en Venezuela, Bolivia e incluso en Paraguay, Brasil o Ecuador. Los medios de comunicación se han vuelto un arma poderosa de los sectores más reaccionarios y un instrumento de agitación para las elites y las nuevas clases medias altas. Aquí también, el kirchnerismo es víctima de su propio enredo. El proyecto de ley de radiodifusión irritó a los barones de la multimedia, pero llega demasiado tarde, como en aquellas novelas que, para darle dramatismo, el héroe acude a destiempo, y claro, al final el drama se vuelve comedia. Su fuerza parlamentaria quedó irremediablemente menguada y es poco probable que prospere.

Aún así, ni el dinero de De Narváez (que existe), ni la saturación de la corporación mediática (que existe), ni la “traición” (¿traición?) de los intendentes (que parece no existir) explican de por sí una derrota que se veía venir (incluso si Kichner hubiera ganado por poco en Buenos Aires). Prevalecieron, como se viene diciendo, varios factores que lo explican. La batalla ideológica es una, de importancia fundamental, porque la derecha no triunfó sobre un gobierno que hizo de este país un jardín de rosas sino sobre la impotencia y los límites del neodesarrollismo.

La Iglesia, las patronales y la oposición de derecha ganaron a la opinión pública en torno al “consenso”, que se volvió en todo el continente, un eufemismo de la sumisión al status quo neoliberal. Vargas Llosa y toda la runfla reaccionaria del continente vienen machacando contra el “autoritarismo” y la “falta de consenso” de los gobiernos “populistas” como el de Chávez o Evo Morales. A ella se acaba de sumar hace pocos meses nuestra querida burguesía nacional, la que supimos conseguir. Bajo la denuncia de “autoritarismo” las derechas del continente han apelado al golpe militar (Venezuela 2002), al paro petrolero y la asfixia económica (Venezuela 2003 y 2004), al sabotaje autonomista (Bolivia hasta el día de hoy), a la presión política y económica (Ecuador), y al golpe militar (Honduras), con el visto bueno o la indiferencia de las administraciones norteamericanas. Hoy, aquí, no hizo falta. Su triunfo fue haber revestido de manera exitosa el lenguaje de la guerra de clases y la revancha social y política, bajo el suave manto de la “libertad de expresión”, la “democracia” y el “consenso”.

El paro agrario y el corte de rutas, la presión económica de la UIA a favor de la devaluación, la campaña permanente de los medios de comunicación, la espoliación demagógica de mayor seguridad, fueron utilizados en los dos últimos años bajo la impronta de la “institucionalidad”, el “diálogo” y en “repudio a la soberbia”. A falta de una defensa digna de ese nombre, la derecha cosechó a favor de su discurso más del 60% de las opiniones. El resultado electoral no hace más que certificar un hecho. Ganaron la batalla porque las armas del gobierno fueron pálidos recuerdos de “un tiempo mejor”, destellos apenas poetizados de “un país feliz” con “empresarios nacionales” como “Don Carlo” y trabajadores orgullosos a imagen de Moyano.

Para poder neutralizar el vendaval de la derecha, hacía falta una movilización social y política de grandes mayorías populares que el kirchnerismo, convocado para poner orden y pacificar el país, nunca incentivó. Al sacar al movimiento popular de la calle, selló al mismo tiempo su propia suerte. El mito de la “falta de consenso”, basado en una campaña “republicana” inclusos por aquellos que siguen hoy alabando a Onganía o defendiendo al menemismo, o que pedían hasta hace poco tiempo mano dura contra los piqueteros, ha derramado su ideología incluso entre los sectores populares del conurbano. El decisionismo kirchnerista (en verdad un pálido e irreconocible boceto de lo que entendía Carl Schmitt) fue lindo para sacar a la gente de la calle y poner orden en el país, pero es horrorosamente autoritario para establecer impuestos sobre la renta extraordinaria…

La parodia del pan radicalismo y del PRO fue eficaz en franjas pobres porque el declive de los índices económicos desde principios del 2008 comenzó a sentirse en el bolsillo de los sectores más humildes. Quizá no de los asalariados formales y sindicalizados, que votaron masivamente al gobierno, pero sí entre los sectores más desprotegidos.

La recomposición del radicalismo luego del desastre de De La Rua, el triunfo de todas las vertientes pro ruralistas del peronismo y de la “nueva política” de Francisco billetera De Narváez, constituyen un triunfo, mediado, no conclusivo, relativizado, pero triunfo al fin de una derecha revanchista, antipopular, que intentará revertir las pocas conquistas democráticas, sociales y políticas que se han logrado desde el 2001 a esta parte. Pero una cosas es querer y otra poder. Es dudoso que amplios sectores populares hayan votado un programa conservador a conciencia. Se trató, para ellos, más de modales que de modelo. La restauración del reinado del FMI, el ajuste fiscal, el retraso salarial, los despidos, el aumento de los precios a consecuencia de la eliminación de las retenciones, serán arduas faenas que ni las bancadas de la oposición ni un futuro gobierno de derechas lograrán fácilmente. Por algo hablaron más de los modales que del modelo, y en ese acto de deliberado ocultamiento está el homenaje que el vicio le rinde a la virtud.

[*] Sociólogo, integrante del EDI (Economistas de Izquierda), de la Asociación Gramsciana y de la Corriente Praxis.

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