DESMALVINIZACIÓN

Ahora, como ya lo pretendieron hacer con Malvinas, pretenden "desubmarinizarnos" . No lo permitamos y preguntemos por siempre ¿Adonde están los 44?

lunes, 27 de julio de 2009

Debate post electoral: Julio Godio

Después del 28 de junio: el largo camino hacia 2011
Nueva versión desarrollada

Julio Godio
14/7/09


Sumario
1. Breve análisis del resultado electoral
2. El ciclo kirchnerista: una cadena de sucesivos logros hasta la “crisis del campo”
3. De la crisis del campo al escenario parlamentarista
4. Defender el modelo y reformular la relación entre los poderes
5. Una posible agenda del gobierno de CFK para 2009-2011



1. Breve análisis del resultado electoral

El 28 de junio de este año se celebraron elecciones legislativas anticipadas para elegir a 127 diputados nacionales y 24 senadores en todo el país. Las últimas elecciones legislativas se realizaron junto a las presidenciales en octubre de 2007, y en ellas el kirchnerismo se impuso con el 43 % de los sufragios, sumando 7.060.918 votos. El Frente Para la Victoria (FPV) ganó en 2007 en 15 distritos electorales, otros 2 fueron para sus aliados (radicalismo K), 2 para el ARI, 2 para el PJ “disidente” y 1 para la UCR “histórica”. El FPV y sus aliados sumaron entonces 20 bancas, con 160 diputados (sobrando 31 para ser mayoría).

Las nuevas elecciones del 28 de junio eran elecciones legislativas. Dos modelos competían. Pero no era un “plebiscito”. Se renovaban en esta ocasión —2009— 127 diputados sobre un total de 257 miembros de la Cámara de Diputados. El kirchnerismo ponía 60 bancas en disputa, 26 el Acuerdo Cívico, 9 los aliados K, 8 Unión-PRO, 11 el PJ “disidente” y 13 otros partidos provinciales. En Senadores (cuyo quórum es de 37 representantes, sobre un total de 72) se renovaban 24 bancas, 12 por parte del FPV-PJ, 7 el Acuerdo Cívico, 2 el PJ “disidente” y 3 otros partidos.

Los distritos electorales claves eran las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Mendoza y la Capital Federal. El kirchnerismo apostaba a ganar en el estratégico y popular segundo cordón industrial, en la provincia de Buenos Aires. Pero se planteaba la duda de que si, el kirchnerismo, distanciado de las capas medias urbanas y rurales, solo contaría con el apoyo decidido de la clase obrera y de sectores reducidos de la clase media “ productivista” asociada con el modelo oficial. En este último caso una derrota del oficialismo no era descartable.

En el resto de los distritos clave, la situación era compleja para el oficialismo, dado que: a) en Córdoba la lista propia se ubicaba por debajo de la del PJ “disidente” (liderada por el gobernador Schiaretti) y detrás de la oposición representada por la Alianza Frente Cívico y Social y la UCR; b) en Santa Fe la lista kirchnerista ocupaba el tercer lugar, por debajo de las listas del PJ “disidente” y del gobernante Partido Socialista; c) en la Capital Federal, el kirchnerismo (Encuentro Popular para la Victoria) se ubicaba en cuarto lugar, frente al PRO, el Acuerdo Cívico y Social y el emergente Proyecto Sur; d) en Mendoza la lista del Frente Cívico Federal amenaza con derrotar al PJ oficialista; y e) en Entre Ríos avanzaba el opositor Acuerdo Cívico y Social. Como contrapeso, el kirchnerismo aspiraba a vencer en la mayoría de las provincias más chicas.

Estas elecciones se desarrollaban en un contexto de desgaste para el kirchnerismo. Este desgaste tenía su base principal en la derrota sufrida por el gobierno durante la larga “crisis del campo” en 2008, y su enfrentamiento con los poderosos medios de comunicación. El kirchnerismo confiaba —como hemos dicho— en que lograría un triunfo electoral contundente en la provincia de Buenos Aires, triunfo eventualmente “garantizado” como hemos dicho, por el voto masivo del segundo cordón del conurbano bonaerense, donde se concentra el electorado del peronismo histórico, representando a la mayoría de la población pobre.

Pero había opiniones que auguraban malos resultados para el kirchnerismo y en particular para el propio Néstor Kichner. Como había escrito Joaquín Morales Solá, rondaba la idea de que Kirchner “se condenó a sí mismo” a la derrota el día en que le declaró una guerra perpetua a los ruralistas. Tampoco imaginó o no quiso imaginar que se sentenció a sí mismo al descalabro personal el día en que decidió competir como candidato a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires”.

El resultado general de las elecciones ha constituido una dura derrota para Kirchner y las fuerzas políticas kirchneristas. En efecto, el 70% de los votos efectivos han sido para los bloques opositores. El kirchnerismo pierde aproximadamente dos millones de votos, en relación a lo logrado en 2007.

Resultados Generales
Elecciones de legisladores nacionales ( cifras al 29-6 )

Sectores políticos votos %
Acuerdo Cívico y Social 5.451.743 30,9
Kirchnerismo 5.424.849 30,7
PRO + PJ “disidente” 3.312.032 18,7
PJ no kirchnerista incondicional 1.452.765 8,2
Centroizquierda 283.040 1,6
Izquierda 810.603 4,2

El resultado de las elecciones – que seguramente sufrirá alteraciones no sustantivas en el escrutiño definitivo- evidencia que el kirchnerismo ha retrocedido en las cámaras de Diputados y Senadores. Ahora necesitará encontrar nuevos aliados y forjar nuevas alianzas para poder formar mayorías en ambas cámaras. En la Cámara de Diputados desde noviembre próximo contará con sólo 103 bancas propias + 12 de aliados; la oposición reúne 142 bancas. Es claro, sin embargo, que no será sencillo que se forme una mayoría estable antikirchnerista. En Senadores, el FPV y sus aliados suman 41 bancas (con un quórum de 37), pero los opositores de la UCR, el PJ disidente y demás fuerzas llegan a 29 escaños. Es decir que kirchnerismo deberá esforzarse para lograr formar mayorías desde noviembre de 2009, cuando asuman los nuevos legisladores.

Las derrotas más duras sufridas por el kirchnerismo fueron:

a) en la provincia de Buenos Aires, el PRO + el PJ disidente (Unión-PRO), con Francisco de Narváez, obtuvo el 34,5% de los votos, frente al 32,1% alcanzado por el propio Néstor Kirchner;
b) en Capital Federal la lista del PRO, encabezada por Gabriela Michetti, perdió votos pero ganó con el 31% de los sufragios, el Acuerdo Cívico y Social alcanzo el 19 %, el Encuentro Popular para la Victoria ( kirchnerista) sólo llegó al 11.6%; y el vencedor, por “izquierda”, fue la lista Proyecto Sur de Pino Solanas (24.2%)
c) en Santa Fe la Alianza Santa Fe (PJ disidente) ganó con el 41%, venciendo solo por un punto a la Alianza Cívica y Social (Socialismo, UCR y ARI);
d) en Córdoba triunfó la Alianza Frente Cívico, con el 30,6%, la UCR opositora (26,6%) y sale tercero el PJ oficial, también antikirchnerista;
e) en Entre Ríos triunfó el Acuerdo Cívico (antikirchnerista), con el 69% de los votos;
f) en Corrientes ganó el Frente de Todos (vinculado al cobismo) sobre Encuentro por Corrientes ( liderado por la UCR);
g) en Mendoza ganó el “cobismo” (Frente Cívico UCR – ONFE) con el 50% de los votos;
h) en la simbólica provincia de Santa Cruz triunfó el Frente Cambiemos para Crecer( UCR y aliados), con el 42,4% de los votos.

Estos resultados negativos opacan al dinámico ciclo político electoral kirchnerista 2003-2007. El 70% del electorado ha votado por listas opuestas al gobierno nacional. Pero las líneas de fuerza nacionalista-neodesarrollista subsisten, dada su fuerza histórica. No será fácil para la derecha conservadora intentar hacer retrotraer al país al neoliberalismo” pragmático”. Sin embargo los liderazgos de Néstor y Cristina Kirchner están cuestionados, ante todo el ex-presidente. En el caso de Kirchner se registra que sufrió por el corte de boletas, al contabilizarse mas votos por las listas peronistas kirchneristas distritales del segundo cordón en la Provincia de Buenos Aires, que por la candidatura a diputado nacional del ex-Presidente. Muchos intendentes, que encabezaron a regañadientes las inútiles y costosas políticamente candidaturas testimoniales, decidieron que era mas seguro “cuidar su propia quinta”.


2. El ciclo kirchnerista: una cadena de sucesivos éxitos hasta la “crisis del campo”

En 2003, concretando la difícil transición iniciada a partir de la crisis global de diciembre de 2001, la sociedad argentina estaba buscando en forma mayoritaria que se instalase en el país un gobierno con capacidades para salir del Consenso de Washington e iniciar un camino de desarrollo económico y social, basado en la producción y en el trabajo. La sociedad estaba disponible para acompañar políticamente a un gobierno que permitiera a la Argentina salir de la etapa neoliberal vivida durante los gobiernos de Carlos Menem y la Alianza. Ese anhelo de la sociedad argentina comenzó a concretarse durante el gobierno de base peronista presidido por Néstor Kirchner. Se inició un proceso que podríamos llamar metafóricamente como “revolución desde arriba”. Es decir, un núcleo político sin ataduras con el pasado neoliberal llega al poder y comienza a aplicar medidas para fortalecer la democracia, ahora sustentada en un proceso de reindustrialización y recolocación del rol central del Estado.

Kirchner llegó al poder en un contexto de crisis desde 2001 del sistema de partidos políticos. El Gobierno kirchnerista tuvo que recurrir entonces una estrategia decisionista. La sociedad mayoritariamente apoyó este estilo de gobierno. Lo central era poner en marcha la economía. El gobierno puso todos sus esfuerzos en resolver los cuellos de botella que impedían el desarrollo sustentable. Entre ellos, se destacaban algunos aspectos centrales: renegociar la deuda; recuperar los niveles de empleo; poner en marcha el aparato industrial existente y mejorar su eficacia. En 2004, el sistema de negociaciones colectivas, que había sido suspendido en la Argentina desde la época militar, comenzó a funcionar nuevamente: el desempleo descendió y la capacidad adquisitiva de la sociedad mejoró de manera significativa. Los aumentos a los jubilados y pensionados permitieron al segmento de la población pasiva sumarse también a la expansión del consumo.

El gobierno de Kirchner preservó la democracia política y logró asentarse en sucesivos triunfos electorales en 2003, 2005 y 2007. En este último año, Cristina Fernández de Kirchner fue electa para el período presidencial 2007-2011. Durante estos años, también hubo cambios significativos en el Poder Judicial y a través de reformas en las Fuerzas Armadas. La Argentina logró reinstalarse en el sistema internacional, en particular a partir de la inserción en el Mercosur y su alianza estratégica con Brasil. Se podría decir que en 2007 se habían asentado las premisas para fundar una economía de mercado industrializada. Pero la nueva etapa que se inició en 2008 requería ahora fortalecer los procesos tendientes a asegurar la gobernabilidad de los mercados. Esta estrategia fue planteada claramente por Cristina Kirchner, cuando anunció un proceso de negociaciones tripartitas sectoriales que debían jugar el papel central en una economía de mercado integrada y regulada por vía estatal. El decisionismo podía ahora ser interpretado por parta de la sociedad como simple prepotencia.

Lamentablemente, a principios de 2008- como analizaremos mas adelante- se generó un conflicto no bien resuelto con las entidades rurales. Esta confusión fue utilizada por fuerzas de la oposición, de derecha (“gorilismo conservador”) y del centro liberal social, que apuntalados por los medios de comunicación y los grandes grupos económicos se habían planteado unirse para impedir la consolidación del kirchnerismo.

El Gobierno se propuso recuperar la iniciativa política por medio de la profundización del modelo nacionalista-industrialista. Éstas medidas fueron centrales: la estatización del régimen de jubilaciones y pensiones, eliminando el negocio financiero de las AFJPs, y también la reestatización de la empresa Aerolíneas Argentinas. Continuando con la vigencia de negociaciones colectivas, el Gobierno comenzó a tomar medidas para apoyar a empresas en crisis. Pero este nuevo programa aumentó aún más la reacción del heterogéneo grupo opositor para plantearse directamente desplazar del poder al kirchnerismo. Desatada la crisis financiera internacional, el Gobierno decidió adelantar las elecciones.

Estas elecciones legislativas deberían dar lugar a una recomposición del sistema político partidario y del Congreso nacional. Lograr que la democracia y la capacidad del gobierno se fortalecieran eran imperativos para impedir que se creasen condiciones para abortar lo que se percibía como una aventura peligrosa de restauración conservadora neoliberal conservadora. La dividida oposición al kirchnerismo podría intentar encarnar, aunque sin solidez y con evidente oportunismo, la opción parlamentaria, dado que según ella desde la crisis del campo se habría producido un desplazamiento del poder del centro de decisiones vigente desde 2003 (Poder Ejecutivo) hacia el Poder Legislativo. Desde 2008, la oposición cree que se han creado las condiciones para una inédita situación política de “dualidad de poder” (Poder Legislativo vs. Poder Ejecutivo).

Resumiendo. El actual sistema presidencialista decisionista fue exitoso durante cinco años, pero presentaba ahora (2008) fisuras. El kirchnerismo había generado —como hemos comentado— entre 2003 y 2007 una “revolución desde arriba” (en el sentido gramsciano). El presidencialismo sin limitaciones le permitió concretar acciones políticas renovadoras de tipo nacionalista-neodesarrollistas sin afectar a la democracia política. Estas acciones fueron impulsadas desde las alturas por el presidente Kirchner y un pequeño entorno de dirigentes, entre ellos, Cristina Fernández de Kirchner. Se concretaron sin complejas mediaciones institucionales porque la mayoría de la sociedad esperaba esas medidas, basadas en recolocar en el centro de la vida nacional a la producción y al trabajo. La herramienta política principal para legitimar al PE fue el sistema político electoral (elecciones de 2003, 2005 y 2007).

La mayoría de la sociedad (un 60%) avaló con entusiasmo en 2003 las decisiones keynesianas del Presidente Néstor Kirchner. La opinión pública estuvo disponible para acompañar a un grupo de políticos jóvenes audaces, herederos reformados de los años ’70. Se pasó de las políticas neoliberales más crudas y violentas a las políticas nacionalistas neodesarrollistas. El Consenso de Washington dejó de regir los destinos de la nación argentina.

No repetiremos en detalle en este ensayo las políticas que hicieron posible esa transición que Kirchner sintetizó con la fórmula “salir del infierno y entrar al purgatorio”. Lo cierto es que, restableciendo el papel rector del Estado, se comenzó a construir una verdadera “economía de mercado integrada”. Durante cuatro años, favorecida por la coyuntura económica, Argentina creció al 8-9% anual, descendió fuertemente el desempleo y se puso en movimiento en 2004 el sistema de negociaciones colectivas. La calidad de vida mejoró sustancialmente para la mayoría de los argentinos.

El kirchnerismo, convencido de que no sería fácil reformar al Partido Justicialista (PJ), optó por elegir para consolidar su poder un escenario más sencillo pero efectivo: el régimen político electoral. En las elecciones de 2003, 2005 y 2007, el éxito de esta táctica —reforzada por los recursos presupuestarios del poder central— fue incuestionable. El kirchnerismo nacía dentro de un proceso arrollador de triunfos electorales. Como era previsible, el éxito fortaleció la tendencia de concentrar aún más el poder en el PE, y de colocar los temas partidarios como “secundarios”. Las organizaciones partidarias —incluido el propio PJ— fueron consideradas así estructuras “secundarias”, retomando ideas que fueron emblemáticas para el fallido Frepaso en los años ’90.

El hecho de que la oposición política siguiese fragmentada —precio que pagaban su ala de centro liberal social por sus responsabilidades en el fracaso de la Alianza (que dirigieron radicales, frepasistas puros, socialistas, etc., con el triste final en diciembre de 2001), y que pagaba también el peronismo tradicional (ahora “disidente”), por el debilitamiento por defección del duhaldismo desde el 2002— contribuía objetivamente a viabilizar la excesiva tendencia al centralismo vertical y el triunfalismo que definía al nuevo decisionismo kirchnerista y al núcleo pequeño de dirigentes/as que ejecutaban esas políticas.

Hasta 2007, todo fue viento en popa para el kirchnerismo. Pero en los núcleos políticos de la derecha liberal se establecía la idea de que era necesario destruir al kirchnerismo (antes de 2011). Esa heterogénea derecha entendió que a través del kirchnerismo se estaba refundando sobre bases populares y obreras al propio peronismo. También preocupaba a la derecha que se estaba construyendo una nueva cultura política pluralista (la Concertación Plural como expresión de la transversalidad) asociada con el peronismo kirchnerismo. La preocupación por el éxito del kirchnerismo, como hemos dicho, se extendió también a sectores conservadores del propio peronismo.

Así las cosas, éxitos kirchneristas pero también conspiraciones antikirchneristas coexistían en 2007. Los resultados de las elecciones presidenciales de octubre de ese año, que dan inicio a un nuevo período de gobierno kirchnerista liderado por Cristina Fernández de Kirchner (CFK), decidieron a la derecha conservadora a lanzarse para provocar un proceso “destituyente”. Esta derecha contaba con el apoyo de los grandes medios de comunicación. Especulaba, con lucidez, que el decisionismo kirchnerista se estaba agotando. Segmentos importantes del electorado criticaban abiertamente a Néstor y Cristina por “prepotencia”. Había comenzado la gran “batalla final” de la heterogénea oposición al kirchnerismo.


3. De la crisis del campo al escenario “parlamentarista”

Inmediatamente después del triunfo electoral de CFK en 2007, los medios de comunicación dieron inicio a la campaña para desarticular al kirchnerismo. Primero será el diario La Nación, y algunos canales de televisión importantes. Luego se agregará el Grupo Clarín. Comenzó así la “Gran Batalla Ideológica” contra el kirchnerismo.

El kirchnerismo había logrado compensar su debilidad político-partidaria con la formación de alianzas sociales. Entre ellas se destacaban el largo acuerdo entre el gobierno y la CGT y el apoyo de los empresarios industriales que dirigían a la UIA. La mayoría de los movimientos territoriales apoyaba al kirchnerismo. El espectro de un nuevo partido peronista, apoyado en los sindicatos, volvía a inquietar a la derecha. El kirchnerismo, aún con las falencias político-partidarias comentadas, había logrado agrupar a miles de dirigentes peronistas más o menos autorreformados localizados como funcionarios en los poderes del Estado y en las provincias, en primer lugar en la provincia de Buenos Aires. La derecha fue clara: si dejan que este proceso cristalice, tendremos un nuevo peronismo y Kirchner será el “Perón de hoy”.Como hemos dicho también los partidos del centro-liberal social se suman al esfuerzo antikirchnerista de la derecha. En el fragor del combate se corría el riesgo que podía ser fatal, de confundir por simplificación al gorilismo conservador represor, con el del insustantivo liberalismo político propio de las clases medias.

La derecha conservadora, que conoce muy bien a la Argentina moderna, sencillamente porque fue su fundadora, comenzó a buscar donde apoyarse para iniciar la gran batalla contra el kirchnerismo. La base elegida fue lo que se denomina genéricamente “el campo”. Las fuerzas conservadoras, que ahora que sumarían líderes peronistas refractarios al kirchnerismo, se sentían fuertes y potencialmente capaces de aliar, bajo la hegemonía conservadora, a fuerzas del centro liberal, como la Coalición Cívica, la UCR y el socialismo clásico. Estas fuerzas de centro liberal canalizaban el descontento existente en las clases medias tradicionales por el excesivo y prolongado decisionismo oficial que como hemos dicho era percibido por sectores populares como “prepotencia” y “soberbia”.

El kirchnerismo —fenómeno político urbano— no conocía bien al llamado “campo”. La opción de dar la batalla desde el campo fue una inteligente decisión de la derecha conservadora. En efecto, desde hace veinte años había comenzado una revolución productiva en el campo. Esta podría ser resumida en pocas palabras de este modo: en un contexto mundial de aumento de la demanda de alimentos y de sus precios, la Argentina “histórica”, es decir, el país rural, había reaccionado en dos direcciones: por un lado, concentrando la producción (pooles financieros de siembra, con eje en la soja) a través de un gigantesco proceso de transformación de pequeños y medianos productores en arrendatarios, aumentando con ello la productividad y la rentabilidad (como ocurrió en Inglaterra en el siglo XVIII, aumentando los arrendamientos, represión a la vagancia, etc.; y ahora en 2008-09 en China, con la autorización a los campesinos a vender las tierras nacionalizadas); por otro lado, avanzando rápidamente en la revolución tecnológica aplicada a procesos de producción, que incluían el componente industrial específico (fábricas de tractores y cosechadoras, gestión de la producción a través de redes de Internet, etc.).

Este proceso revolucionario en el campo tenía jefes y subordinados directos. Los jefes eran las empresas multinacionales (Cargill, Dreyfus, Monsanto, etc.) y grupos locales emergentes (Grobocopatel y otros), a los que se sumaban los grandes terratenientes, agrupados principalmente en la Sociedad Rural. Los subordinados eran la gran masa de pequeños y medianos productores, miembros o aliados de la Federación Agraria Argentina (FAA), muchos ahora arrendatarios y sectores de las clases medias de las ciudades del interior. Los “subordinados” aceptaron los cambios, pensando que les iría bien como arrendatarios en tanto les fuese bien a los “jefes”, lo que explica en gran medida que el bloque sociopolítico agrario cuente con la participación de la FAA.

Estaba claro que frente a un proceso de transformaciones como el que vivía el campo, sólo se podría lograr que una parte de la alta rentabilidad fuese apropiada por el Estado para fortalecer al modelo nacionalista-industrialista, si se lograba agrupar a los productores medianos y pequeños, y aislar y obligar a negociar a los “jefes”. No se podía volver al IAPI. Pero sí se podía abrir negociaciones para crear una empresa pública destinada a comercializar los cereales (como existe en Canadá o Australia), en la que el Estado, empresas multinacionales y productores acuerdan precios diferenciales y volúmenes de producción y pagan impuestos. Este camino implicaba incorporar al debate a las organizaciones rurales. Se descontaba la resistencia de los terratenientes.

Pero en vez de transitar ese camino “canadiense”, que sin duda era complicado, se eligió el más fácil: imponer retenciones, recurso extraordinario legítimo pero políticamente equivocado. La respuesta del “campo” fue unirse para resistir. Los partidos de oposición se fueron también al campo, donde encontraron aliados. Muchos aliados eran dirigentes rurales, que ahora asumían roles políticos, sencillamente porque en la “batalla del campo” se decidía si se frenaba o no al kirchnerismo. La ciudad, categoría que nos engloba especialmente (aunque no sólo) a los que apoyamos al kirchnerismo, súbitamente se vio envuelta en el conflicto, sin saber de qué se trataba. Es una ancestral dificultad del peronismo y de la izquierda —comprensible quizás porque fueron productos de la industrialización sustitutiva y de los conflictos laborales emergentes— no comprender al campo. La cuestión del campo no se puede resolver recurriendo al fácil expediente de acusar de todos los males de este país a la Generación de 1880. Se resuelve en 2009 dando dirección político-industrialista a las transformaciones que se han producido en y desde el campo. El ciclo ganadero había finalizado hace muchos años. Se requería una propuesta de crear una empresa pública de comercialización de cereales, que debía formar parte de un debate más amplio sobre por qué era necesario subordinar la planificación clásica, al gran objetivo de lograr “organizar los mercados”. En síntesis, se necesitaba organizar los mercados de cereales, carnes, etc.

La resistencia de las entidades rurales incluía su participación directa en la política. De allí que ya en 2008 decidan incorporarse a listas opositores en las elecciones legislativas de 2009. En estas elecciones los “agraristas” lograrán incorporar en diferentes listas opositoras y por distintas provincias, a unos diez diputados nacionales que aspiran a formar un “bloque agrario”.

En verdad, el nuevo gobierno de CFK no había elaborado en profundidad lo que se quería decir con la consigna de “profundizar el cambio”. Pero Cristina atisbó, con razón, que en la nueva etapa se debería implementar una nueva estrategia que denominó “pactos productivos sectoriales”. En efecto, la tarea ahora era gobernar los mercados, y no pretender controlarlos desde afuera, como sí había ocurrido en algunos casos (correctamente) entre 2003 y 2007. Gobernar los mercados incluía redireccionar los cambios producidos en la agricultura y la ganadería.

La derecha opositora y sus aliados comprendieron rápidamente que la tarea política principal, ante un gobierno por primera vez desconcertado, era establecer una especie argentina de dualidad de poderes entre el Poder Ejecutivo (PE) y el Poder Legislativo (PL). Así, el Congreso Nacional se convirtió en la caja de resonancia de la diversidad de intereses que el propio kirchnerismo había creado por sus exitosas políticas económicas, sociales y laborales. Pero paradójicamente, ahora, en 2008, bajo la presión de la heterogénea y laxa oposición política.

El kirchnerismo logró recuperar temporalmente la iniciativa política, profundizando el modelo. Esto ocurrió en 2008, con la estatización plena del régimen de jubilaciones y pensiones, la estatización de Aerolíneas Argentinas y el programa de apoyo financiero a las PyMES. La reforma estrella fue la estatización de los fondos de jubilación y pensiones. Las AFJP eran puro negocio financiero rentístico de los bancos privados; una estafa en gran escala. Pero la iniciativa política general no sería fácil de recuperar, pese a que el gobierno había continuado piloteando bien el desempeño de la economía, ahora amenazada pero no colapsada por la gran crisis financiera y económica mundial.

Desde la “crisis del campo” el gobierno perdió la iniciativa política que había logrado sostener desde 2009. Nunca más podría recuperarse de la derrota sufrida. Luego de la anulación de la Resolución 125, la oposición política logró establecer que el poder del Congreso es “equivalente” al Poder Ejecutivo: el parlamentarismo se ha vuelto un tema central en la política argentina, como herramienta de la oposición, para crear una situación política caracterizada por la “dualidad de poderes”.


4. Defender el modelo y reformular la relación entre los poderes

Hemos comentado a principios de este artículo el resultado de las elecciones legislativas nacionales del 28 de junio. Se ha producido un fuerte retroceso del kirchnerismo y la emergencia de dos nuevas coaliciones opositoras, una de centro-derecha (Unión-PRO) y otra de centro-liberal (Coalición Cívica y Social). Las coaliciones de oposición son todavía políticamente inestables, pero representan a grandes rasgos dos líneas político-culturales constantes en la historia política argentina, a saber: el liberalismo conservador (que ahora incorpora a sectores del peronismo, también conservador) y el liberalismo de centro social, que agrupa al llamado “pan radicalismo” y al socialismo. Estas dos líneas de fuerza político-culturales compiten con el peronismo-kirchnerismo. El mapa del país se va configurando alrededor de tres polos: el FPV-PJ (centroizquierda), la Unión-PRO (centro derecha) y el Acuerdo Social – Coalición Cívica (centroliberal social).

Las líneas opositoras se plantearán (dado que ambas suman aritmeticamente más del 50% del electorado) que son la “mayoría republicana”, frente a una primera minoría peronista-kirchnerista fuerte pero, como hemos dicho, reducida. Para la oposición, la tarea central sigue siendo consolidarse en el Congreso Nacional, y desde allí obligar al gobierno a negociar para redefinir la política económica, reduciendo el rol intervencionista del Estado y aumentando el peso político de la economía de libre mercado. Esto implicaría, entre otros hechos, reducir el rol de la CGT, base de sustentación del kirchnerismo.

Desde el tumultuoso debate de la Resolución 125, que terminó resolviendo el Congreso Nacional, lo cierto es que la lógica histórica en los últimos años ha colocado en el centro de la política la cuestión de cómo se replantea, en un país cada vez más pluralista políticamente, la relación republicana entre los tres poderes, en particular entre el PE y el PL. Tal como está planteada la cuestión en función de la relación de fuerzas entre las tres coaliciones principales, se pueden imaginar tres escenarios político-institucionales.

Un escenario que sería catastrófico: implica que el gobierno, si pierde la capacidad de formar mayorías en el Congreso Nacional, se vea empujado a recurrir a la política defensiva de gobernar con decretos de necesidad y urgencia. Esta es una alternativa catastrófica, porque ahondaría la dualidad de poderes. A corto plazo, esta situación podría desembocar en situaciones de violencia y eventualmente provocar la caída del gobierno de CFK. Esta es una alternativa política inaceptable por sus eventuales consecuencias para la joven democracia política argentina.

Otro escenario, que es el mas probable, consiste en que el gobierno aprovecha sus capacidades para mejorar el estilo de gobernar, buscando consensos pero sin perder poder e iniciativa. La nueva estrategia ya comienza tomar forma con la convocatoria de CFK del 10 de julio del corriente año al Dialogo Social y Político conducido ahora por el Ministro del Interior Randazzo para discutir y acordar con las principales bloque opositores sociales y políticos. Se trata de iniciar un Diálogo para acordar sobre una agenda de temas económicos y políticos para su tratamiento parlamentario ( o acordando medidas a adoptar por decretos).Participarian no solo actores políticos sin también sociales y económicos.

El Dialogo Social y Político entre gobierno y oposiciones debería permitir elaborar una agenda de consultas periódicas y permanentes presididas por el Jefe de Gabinete de Ministros ( como establece la Constitución Nacional). Se mantendría el presidencialismo, pero atenuado (como fue el espíritu y la letra de la reforma constitucional de 1994).Se potencia el componente “parlamentarista” (como ocurrió ya en 2002-03). Podría incluir en el gobierno a alguna nueva fuerza política emergente. También se podría ampliar la composición política del gobierno, incorporando a personalidades importantes del mundo empresario y político afines a la política económica industrialista y distribucionista. Se intentaría reconstituir una Liga de Gobernadores, pero solo si estos están dispuestos a sustentar este camino. Se potenciaría el papel convocante y aperturista de los bloques kirchneristas en ambas cámaras.

En este escenario que es el mas probable, el gobierno nacional seguiría careciendo de una fuerza sociopolítica de apoyo cohesionada ( dada la imposibilidad el kirchnerismo de reorganizar al P.J.).Tampoco emergería otra organización política que sustituya al P.J. Pero el gabinete nacional tendría capacidades para canalizar las demandas sectoriales ( en prioritariamente ahora las provenientes del “ campo”) y las demandas de un campo político opositor dividido. Pasaría ser central definir quien es el enemigo principal. Todo indica que ese enemigo principal en el plano político es Union-PRO si se mantiene unida, mientras que la Alianza Cívico Social cobija fuerzas heterogéneas, siendo central ubicar a “ carrioismo” como fuerza a golpear, al tiempo que se debería intentar establecer acuerdos puntuales con el “ cobismo y la UCR “mas alfonsinista”.

Otro escenario no descartable es el rupturista. Consistiría en que el gobierno, acosado por una oposición unida y golpista, decide “ patear el tablero” y se coloca a la cabeza de una transformación profunda del régimen republicano, al estilo de vigente en Francia, llamando a una Asamblea Constituyente, que establecería un sistema que compatibiliza constitucionalmente el presidencialismo con parlamentarismo. El gobierno, incapaz de garantizar la gobernabilidad y la unidad del Estado Nación, por la persistencia y agravamiento de la crisis política, decide “blanquear el conflicto institucional”. Es evidente que esta última alternativa es extrema: significa dar formalmente por terminado al bipartidismo político establecido en 1983, y sustituirlo otro sistema de relaciones políticas que permita formar mayorías parlamentarias y gobiernos que garanticen la estabilidad democrática. Es posible que la derecha conservadora se sienta muy amenazada por una eventual iniciativa “parlamentarista”, dado que su posición real frente al tema del parlamentarismo es fuertemente demagógica. La derecha conservadora mas que “ presidencialista” o parlamentarista” es ante todo “ autoritaria” y por lo tanto siempre estará tentada de reflotar al partido militar para alcanzar/conservar el poder.

Es cierto que esta última reforma político-institucional implicaría profundos cambios en la cultura política y el funcionamiento de los poderes de la República y su carácter federal. Se dice que la cultura indisciplinada del pueblo argentino y las prácticas políticas personalistas, hacen inviable esta opción parlamentaria. Sin embargo, estas objeciones serían infundadas, en la medida que el nuevo régimen surja, en medio de una fuerte competencia, junto con un compromiso de gobernabilidad democrática entre oficialismo y oposición (como en Italia, España, etc., para dar algunos ejemplos europeos).

La crisis político-institucional que podría seguir a las recientes elecciones legislativas podría hacerse más compleja si la crisis financiero-económica mundial persiste y termina por afectar las bases del modelo económico kirchnerista. También es preocupante lo que hoy aparece como línea dominante en la llamada con ligereza oposición: continuar acosando al gobierno de CFK hasta provocar su caída y su reemplazo por un eventual gobierno de transición, que sería endeble y sometido al hostigamiento por diversos tipos de movilizaciones de resistencia popular motorizadas desde los movimientos sociales, sindicatos, etc..

Como ya se observo durante la crisis global de 2001,la sociedad argentina, mayoritariamente, no aceptará que se pretenda imponer un modelo económico social que suponga la coexistencia de “dos países”,uno dinámico pero excluyente ubicado en la medialuna agrícola industrializada ( pampa húmeda hasta Mendoza) y otro instalado territorialmente en el tejido sociopolítico que apenas permite la sobrevivencia en el Gran Buenos Aires, que cada día más se acerca a ser la “ Calcuta argentina”.En este esquema el Norte Argentino- salvo el área minera- termina siendo marginal. La Patagonia sobrevive como generadora de energía.

La posibilidad de un caos político que se produciría con el retiro adelantado del poder por parte del kirchnerismo (que podría derivar en el mediano plazo en sublevaciones populares, intifadas criollas, etc.), es una realidad no descartable. Es el peligro latente de la libanización del país (ya insinuado en los ’80 por el entonces presidente Raúl Alfonsín).

Si los resultados de las elecciones del 28 de junio último dan lugar a mayores confrontaciones entre gobierno y oposición, no puede descartarse la irrupción de movimientos políticos y sociales kirchneristas radicalizados, junto con la decisión del aparato político de conservar por la fuerza sus posiciones en el Estado. De allí a la guerra civil, habría un solo paso. En un país dividido y fragmentado, faltaría que se dividan las FF.AA. El momento político argentino es preocupante. Los argentinos estamos jugando con fuego.


5. Una posible agenda del gobierno de CFK para 2009-2011

El gobierno de CFK ha sido duramente castigado en las urnas. Pero la línea de fuerza nacionalista-desarrollista instalada desde 2003 está intacta, y es de larga duración. La defensa del modelo actual es fundamental. Pero el estilo de gobernar “desde arriba” ya no es funcional. La propia figura del ex-presidente Kirchner ha sido duramente cuestionada por la sociedad.

El peronismo-kirchnerismo carece de una organización política de masas. Este es su déficit principal. De no crearse, gobierno carecerá de una fuerza política propia y homogénea. Necesitará siempre apoyarse en el peronismo y en los sindicatos.

Está claro que los años 2009-2011 serán tumultuosos y desordenados. Para gobernar se requiere contar con una agenda especial, que resuelva los cuellos de botella del modelo económico-social. Para poder formar mayorías se requiere de una agenda actualizada que favorezca acuerdos y consensos dentro de los parámetros del actual modelo. Esta agenda podría incluir- planteada esquematicamente , a cuatro grandes áreas, a saber:

1. Economía
a) Mantener el tipo de cambio
b) Crear un ente público (no estatal) de comercialización de cereales (como el existente en Canadá)
c) Llegar en 2011 al 25% del PBI en la tasa de inversión.
d) Establecer la formación de fondos públicos y privados para fortalecer a la pequeña y mediana empresa y las cadenas de valor.

2. Política Sociolaboral
a) Crear un Consejo Económico y Social (CES)
b) Garantizar la movilidad jubilatoria
c) Ingreso familiar universal por sectores socioeconómicos.
d) Profundizar los contenidos de la negociación colectiva.

3. Político-institucional
a) Consultas periódicas a los partidos políticos sobre la agenda parlamentaria. Pacto de gobernabilidad explícito.
b) Comisión de expertos de la Universidad Nacional de Buenos Aires para restablecer en tres meses el funcionamiento del INDEC.
c) Ley de Radiodifusión
d) Reglamentar la coparticipación federal establecida en la Constitución Nacional.
e) Personería gremial a la CTA con reforma de sus estatutos
f) Resolución rápida de los juicios a ex-militares e inicio de una campaña pública para acercar las FAA con la sociedad.

4.. Política exterior
a) Reformar el grupo de los 20 en alianza con el BRIC
b) Crear un fondo mundial de empleo
c) Incorporar a la OIT al grupo de los 20 y al sistema de Naciones Unidas


Esta agenda es tentativa y ambiciosa, pero es ineludible para dotar de sustentabilidad socioeconómica e institucional a la democracia. Es una agenda para mejorar la calidad de la democracia representativa y la relación de ésta con los contrapoderes que han surgido y se han consolidado desde la sociedad civil desde 2001 en adelante. El momento es de inflexión: o se avanza desde el peronismo-kirchnerismo o se dará inicio a un período de inestabilidad política y de sucesivas operaciones de antidemocráticas y destituyentes.

El éxito de esta agenda ya no descansa solo en las habilidades y predisposiciones mutuas del gobierno y la oposición la oposición Descansa principalmente en la capacidad del peronismo-kirchnerismo de crear una organización político-social que este presente y actué disciplinadamente en todo el territorio nacional.

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